La jornada inicia con bienvenida cálida, presentación de herramientas e indicaciones de seguridad claras. Se trabaja en grupos pequeños para favorecer preguntas, y cada quien avanza a su ritmo. Los instructores corrigen posturas, proponen ejercicios cortos y celebran progresos discretos que sostienen la confianza. Entre pausas, un té de hierbas abre la conversación y fija conceptos. Al final de la mañana, las manos ya reconocen texturas, pesos y pequeños ritos que hacen del oficio una práctica consciente y amable.
El sendero cercano se convierte en aula abierta. Se identifican plantas tintóreas, se tocan cortezas, se observan piedras desprendidas para aprender de fracturas naturales. No hay prisa por llegar; cada parada ofrece una pista útil para el taller. La respiración acompasa los pasos, y el paisaje afina la mirada. Regresar con una hoja, un fragmento de corteza o una fotografía rigurosa enriquece el cuaderno, y recuerda que la inspiración nace, literalmente, bajo las botas atentas.
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